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Cuento 7 de 10

Los puentes de ceniza de Tamara

En el reino de la Bahía Tranquila vivía Eitán, un capitán de barco callado y entregado, junto a su compañera Tamara. Tamara era una mujer de principios de hierro y de un corazón que no conocía el término medio. Tenía una ley interior rígida: cualquiera que alguna vez hubiera dicho una palabra fuera de lugar, hubiera olvidado invitarla, la hubiera mirado de un modo que ella no supiera descifrar o le hubiera herido los sentimientos, quedaba condenado de inmediato a ser "enemigo de por vida".

El libro negro

En el libro negro que guardaba en la cabeza no había páginas de perdón: cuando su vecina cercana no se detuvo a saludarla porque iba con prisa a atender a un hijo enfermo, Tamara sentenció: "Queda tachada. ¡La miserable, no volveré a pisar su umbral jamás!"

Cuando la familia de Eitán no elogió bastante el pastel que ella llevó a la comida de fiesta, les prohibió entrar en su casa: "Son perversos, mataron mi alma, ¡por mí que se mueran todos!" Y cuando Eitán intentaba decirle que todos somos humanos y que a veces la gente se equivoca sin mala intención, ella gritaba: "¡Eres un traidor! ¡Quien no odia a mis enemigos es mi peor enemigo!"

El puente que ardió en llamas

Cada vez que expulsaba a otra persona, Tamara salía al patio, tomaba una antorcha encendida y prendía fuego a otra viga del ancho puente de madera que unía su casa con el resto del pueblo. Viga tras viga, cuerda tras cuerda, Tamara quemó los lazos con los vecinos, el puente hacia los primos, el camino hacia los hermanos y la senda hacia los viejos amigos.

Con cada incendio sentía una pequeña victoria de "justicia": "Ahora verán. Ahora ya nadie podrá volver a herirme". Eitán se quedaba impotente ante las llamas, rogándole que dejara una abertura, un pequeño camino para hablar, pero Tamara seguía prendiendo fuego a cada hilo que unía.

El gran día de invierno

Hasta que llegó el gran día de invierno. Una tormenta terrible, como nunca se había visto, se abatió sobre la bahía. Las olas amenazaban con anegar la casa, los vientos arrancaban el tejado y el fuego de la estufa se apagó. El frío calaba los huesos, y la casa empezó a ceder.

Tamara corrió alarmada a la puerta de la casa para pedir ayuda, pero cuando la abrió se quedó sin aliento. Alrededor de su hogar se había abierto un abismo negro y profundo. Todos los puentes, todos y cada uno, hasta la última viga, estaban quemados y carbonizados.

Al otro lado del abismo estaban los aldeanos, los vecinos y la familia, envueltos en abrigos gruesos, con cuerdas y mantas en las manos. Querían tenderle una mano, pero no había camino alguno por el que acercarse.

Tamara gritó al viento con rabia y con lágrimas: "¡Miradlos! ¡Están ahí mirando cómo me congelo y no hacen nada! ¡Sabía que todos eran viles y perversos!"

Entonces Eitán le puso la mano helada sobre el hombro y la miró con una tristeza dolorida y lúcida: "Tamara, mira hacia abajo, mira la ceniza. Ellos no te abandonaron: tú quemaste el camino que llevaba hasta ti. Cada vez que exigiste una perfección imposible, cada vez que tachaste a una persona por un error humano, quemaste un puente de bondad. Quien le declara la guerra al mundo entero y expulsa a todos los que lo rodean no se construye una fortaleza de protección: se construye una isla solitaria de hielo y de muerte".

El viento seguía soplando sobre la ceniza quemada, y Tamara estaba de pie al borde del abismo.

La moraleja

Quien no está dispuesto a sostener ninguna ofensa ni a perdonar ningún error se condena a ahogarse en la tormenta, no por la maldad de los demás, sino por el fuego que él mismo se negó a apagar.