En las laderas de las Montañas Carmesí, en una cabaña cálida construida de piedra tallada y firme, vivían Dan y Noit. Dan había trabajado durante años para asentar cimientos hondos, levantar muros capaces de resistir las tormentas y hacer de su casa una fortaleza de paz y de amor para su familia.
Pero Noit tenía una costumbre que arrojaba una sombra pesada sobre la casa: cada vez que estallaba una discusión entre ellos, cada vez que no conseguía exactamente lo que quería, o cada vez que se sentía herida y frustrada, no buscaba la manera de hablar. En lugar de eso, echaba mano del arma más pesada de todas. Corría a la puerta de entrada, la abría de golpe y gritaba: "¡Fuera de esta casa! ¡No vuelvas nunca! Lo rompo todo, nos separamos, ¡hoy mismo desmontamos esta casa!"
Cada vez que le lanzaba esas palabras, arrancaba con violencia una piedra de los cimientos de la cabaña y la arrojaba al abismo. Creía que aquello lo asustaría, lo obligaría a ceder y lo haría arrastrarse a cuatro patas para demostrarle que la quería.
Dan se quedaba fuera, en el frío, con el corazón sangrando. Intentaba hacer las paces, calmarla, prometerle que todo mejoraría, solo para que ella no desmontara la obra de sus vidas. Volvía a entrar, la abrazaba en silencio y trataba de devolver las piedras a su sitio.
Pero el ritual se repetía una y otra vez. Decenas de veces al año: una discusión por una visita familiar, "¡Lárgate, presentamos la separación!" (otra piedra arrancada del muro). Un desacuerdo por una palabra dicha, "No eres un marido, eres un enemigo, ¡hemos terminado!" (otra viga del tejado partida).
El día que se marchó
Un día estalló una pequeña discusión por una nimiedad. Noit, acostumbrada al poder de la amenaza, gritó de nuevo: "¡Se acabó! ¡Esta vez es definitivo! ¡Fuera de esta casa y no volverás a verme nunca!"
Dan la miró en un silencio largo. Su rostro no era de ira, sino de vacío y de un cansancio total. No suplicó, no pidió perdón y no intentó explicarse. Simplemente se dio la vuelta, cruzó el umbral y se alejó despacio sendero abajo.
Noit esperó. Esperaba que se quedara junto a la ventana, que llamara a la puerta, que le rogara que lo dejara volver. Pero pasaban las horas, y el silencio de fuera solo se hacía más hondo.
De pronto se oyó un crujido hondo y amenazante. Noit alzó la vista horrorizada: el techo había empezado a ceder, los muros se inclinaban hacia un lado y en las piedras se abrían grietas profundas.
De repente, la guardiana de la montaña se plantó en el umbral. Noit le gritó, llorando: "¡La cabaña se derrumba! ¡Sálvame! ¡Dan se ha ido y ha destruido mi casa!"
La guardiana miró los muros que se desmoronaban y dijo con voz penetrante: "Dan no ha destruido esta casa, Noit. Lo has hecho tú con tus propias manos. Un hogar no es un ruedo para juegos de poder, y un matrimonio no es una cuerda que se tensa hasta romperla en cada tormenta de sentimientos. Cada vez que lo echabas, cada vez que amenazabas con romperlo todo y desmontarlo todo, arrancabas otra piedra de los cimientos. Usaste la amenaza última como arma cotidiana, hasta que no quedó nada que sostuviera el techo sobre tu cabeza".
Noit se quedó sola dentro de las ruinas de la cabaña derrumbada.
Quien usa la amenaza de la expulsión y de la ruptura para ganarse el amor descubrirá, al final, que ha destruido la única seguridad sobre la que el amor puede sostenerse.