En las laderas de los montes de Galilea, en el reino de los Antiguos, en una casa de piedra cálida y llena de ruido, vivía un niño reflexivo y sensible llamado Lirión. Lirión tenía dos hermanos pequeños y una hermana mayor. Le encantaba construir maquetas precisas de madera y estaba muy orgulloso de su trabajo, pero dentro de casa fue creciendo en él una sensación constante de estrechez y competencia: le parecía que cada palmo de espacio, cada elogio y cada juego se convertían de inmediato en un campo de batalla por su lugar.
El mecanismo torcido: los hermanos como rivales que le roban el sitio
Lirión adoptó un pensamiento de todo o nada — «si a ellos les dan, yo pierdo» — y respondía con dureza a cada momento corriente del día:
El hermano pequeño le pide unirse al trabajo de madera, y para Lirión es una invasión y una amenaza: «Solo quiere estropearlo y quedarse con las piezas buenas». Y entonces: gritos, las piezas arrancadas de las manos y el hermano empujado fuera del cuarto.
Los padres elogian a la hermana por un dibujo que ha terminado, y Lirión solo oye una comparación: «La quieren más, su éxito es a costa mía». Y entonces: desprecio evidente por el dibujo y enfado a puerta cerrada.
Una discusión sobre a quién le toca en el juego de mesa de la familia, y para Lirión es una prueba: «Si no es según mis reglas, entonces todos estáis contra mí». Y entonces: el tablero volcado, un boicot declarado y un rincón del cuarto para sentarse a solas.
La crisis y el derrumbe de la fortaleza
Un día especialmente lluvioso, con toda la familia en casa, su hermano pequeño destruyó sin querer una delicada torre de madera que Lirión había tardado semanas en construir. La furia de Lirión estalló con toda su fuerza: lanzó palabras hirientes a todos sus hermanos, los acusó a todos de amargarle la vida y exigió que levantaran un tabique para separarlo del resto de la casa.
Sus hermanos, asustados por aquella fuerza y por los insultos, se callaron y se apartaron. Cuando miró a su alrededor, Lirión vio la habitación en completo silencio. Ya nadie intentaba discutir con él, pero la casa se había vuelto de pronto fría, apagada y ajena. La fortaleza que había construido a su alrededor se había convertido en una cárcel de soledad.
El encuentro con el sabio y el farol
Al día siguiente, en el sótano de la casa, Lirión se encontró con su abuelo Avihu, un reconocido soplador de vidrio. El abuelo dejó sobre el banco de trabajo un viejo farol de cristal con cuatro mechas.
«Mira este farol, Lirión —dijo el abuelo en voz baja—. Dentro tiene un solo depósito de aceite, que alimenta cuatro llamas distintas».
El abuelo cubrió tres de las mechas con tapas de metal, y la habitación se hundió en la penumbra.
«Cuando creías que la luz de tus hermanos amenazaba la tuya —explicó el abuelo—, tapabas sus llamas. Pero mira: tu luz no se hizo más fuerte al apagar las suyas; simplemente toda la habitación se volvió más oscura. Tus hermanos, y todos los tuyos, no son rivales por un sitio limitado. Todos estáis unidos a la misma raíz. Cuando uno brilla, la casa entera se ilumina; y cuando uno sufre, la oscuridad llega a todos».
Comprensión y reparación
Lirión quitó las tapas del farol y vio las cuatro llamas fundirse en un único haz de luz poderoso. Comprendió que querer a sus hermanos, y querer a los suyos, no le pedía desaparecer, sino entender que el otro es una parte de él.
Lirión subió al cuarto que compartían, recogió las vigas de madera caídas y llamó a sus hermanos y a su hermana: «Construyamos juntos una torre nueva. Cabe en ella el trabajo de todos, y así será más fuerte».
El respeto y el cariño hacia un hermano, y hacia quien tenemos delante, empiezan al entender que la luz del otro nunca debilita la nuestra: agranda la luz que compartimos todos.