En el distrito de los Manantiales, más allá de los montes del Líbano, vivía Dorón, un soplador de vidrio de espíritu apacible, junto a su compañera Rasia. Rasia arrastraba una herida antigua y ardiente: creía que el mundo entero se movía por tramas ocultas y que nadie era tan inocente como aparentaba.
En la mente de Rasia funcionaba sin descanso una especie de máquina de traducir que convertía cada movimiento, cada mirada o cada silencio en malicia deliberada. Cuando Dorón volvía a casa cansado tras una dura jornada de trabajo y respiraba hondo, Rasia no oía agotamiento: "oía" un suspiro de desprecio. Le espetaba de inmediato: "¡Sé exactamente lo que acaba de pasarte por la cabeza! Has suspirado porque estás harto de mí, ¡solo esperas el momento de poder huir!"
Cuando la familia de Dorón hablaba en voz baja en la habitación de al lado sobre enfermedades y sobre el sustento, Rasia estaba plenamente convencida de que cuchicheaban sobre ella, de que lo ponían en su contra y de que tramaban humillarla. Incluso cuando Dorón le llevaba una taza de té caliente en sus días más flojos, ella lo veía como "un cumplido vacío" o como un intento de acallar una mala conciencia por agravios que, según decía, él planeaba para el futuro.
Dorón intentaba una y otra vez explicarse, jurar la pureza de sus intenciones, mostrarle su amor; pero Rasia le cortaba siempre las palabras con la misma frase abrasadora: "¡No te hagas el inocente! Te leo como un libro abierto. ¡Sé exactamente cuáles son tus verdaderas y feas intenciones!"
Las aguas de la revelación
Un día llegó a su casa un viejo mago errante con una poción encantada en un frasco de plata: las "Aguas de la Revelación". Rasia se dirigió al mago llena de esperanza: "¡Dale a beber esta poción a mi marido! Quiero que todos sus pensamientos oscuros y secretos, todas las tramas que teje contra mí con su familia y todo el desprecio que esconde dentro salgan a la superficie, ¡para que todos vean quién es en realidad!"
El mago sonrió en silencio y le tendió el frasco a Dorón. Dorón bebió la poción hasta la última gota sin vacilar.
De pronto, los pensamientos y los sentimientos de Dorón empezaron a tomar forma en el aire de la sala como figuras vivas de color y de luz. Rasia estaba tensa, preparada para ver monstruos de burla y de traición. Pero lo que apareció fue algo muy distinto:
Vio una figura de Dorón caminando por la calle y pensando con inquietud: "¿Qué podría comprarle para arrancarle una sonrisa a su rostro atormentado?" Lo vio de pie ante sus hermanos, defendiéndola con fiereza y diciendo: "Rasia es sensible y buena, tenéis que entender cuánto sufre, no os enfadéis nunca con ella". Lo vio tendido en la cama por la noche, con el corazón dolorido, rezando en un llanto callado: "Ojalá supiera cuánto la quiero, ojalá dejara de ver en mí a un enemigo".
Allí no había un solo pensamiento de desprecio, ni de burla, ni de intriga. Solo había un mar de dolor, de preocupación y, sobre todo, un amor hondo y fiel desgastado bajo el peso de la sospecha.
Rasia se quedó helada. Abrió mucho los ojos, horrorizada, no por lo que veía en Dorón, sino por lo que comprendía sobre sí misma.
El mago la miró y dijo con dulzura: "Durante años, Rasia, no luchabas contra el hombre que vive a tu lado. Luchabas contra monstruos que tú misma creabas dentro de tu cabeza. Convertiste tus miedos en profecías, lo juzgaste por crímenes que nunca cometió y vestiste de intenciones negras al corazón más limpio que te han tendido jamás. Quien solo escucha a sus miedos siempre 'leerá' guerra en el corazón del otro, aun cuando el otro le esté tendiendo la paz".
Rasia miró a Dorón, que estaba ante ella con los ojos llenos de lágrimas y de compasión. En ese instante, la máquina de traducir venenosa que había en su mente se calló.
Para salvar nuestro mundo tenemos que dejar de inventar los pensamientos del otro y empezar a creer en el amor que tenemos delante, en la realidad.