Todos los cuentos

Cuento 3 de 10

Las raíces de cedro de Arián

Arián y Mira en el bosque Esmeralda; Mira aferrada a su brazo con las dos manos, con un miedo hondo al abandono en los ojos
Arián amaba a Mira con toda su alma, y Mira llevaba dentro el miedo a ser abandonada.

En el reino de los Bosques Esmeralda, en un acantilado sobre el Río de Plata, vivían Arián y Mira. Mira era una mujer de corazón tormentoso y dolorido; llevaba dentro el recuerdo de un abandono antiguo y un miedo hondo a que nadie la amara de verdad. Arián, por su parte, la amaba con cada fibra de su alma y la había elegido como compañera por un compromiso profundo y sincero.

Un banquete familiar cálido en un valle soleado, con Arián al borde del encuadre, volviéndose a mirar con añoranza
Su familia cálida en el valle vecino, y él al borde, mirando desde lejos.

Arián tenía raíces hondas en el reino. Su familia, sus hermanos y su clan vivían en el valle vecino. Eran gente sencilla y trabajadora, cálida y muy unida. Pero a ojos de Mira, cada lazo de Arián con su familia era una amenaza directa a su existencia. Veía un saludo de su hermano como un insulto disfrazado, y sus fiestas familiares como una maquinación destinada a alejar a Arián de ella.

Cada vez que Arián bajaba al valle a saludar a sus hermanos o a celebrar con ellos, Mira estallaba en una tormenta de llanto y de rabia: "¡No estás conmigo! Si de verdad me quisieras, ni siquiera respirarías el aire que ellos respiran. Ir a verlos es una traición hacia mí y hacia todo lo que he pasado. ¡Estás eligiendo a mis enemigos por encima de mi alma!"

Arián, que deseaba desesperadamente darle paz y demostrarle que ella era la única, empezó a renunciar. Primero dejó de acudir a las comidas de fiesta. Después evitaba la mirada de sus hermanos cuando se cruzaban en el sendero. Cada vez que cedía otro hilo de sus vínculos, esperaba que Mira se calmara y se sintiera por fin segura. Pero la llama que ardía en ella no se apagaba: solo exigía más y más pruebas.

La boda en el valle

Mira de pie, lanzando palabras con rabia y lágrimas, mientras Arián está sentado frente a ella con la cabeza gacha y los hombros hundidos
"Si vas a la boda, no tendrás adónde volver".

Un día llegó un mensajero a su casa y anunció que el hermano menor de Arián iba a casarse, y que todo el clan esperaba que fuera a bendecirlo bajo el palio. Mira se plantó en el umbral, el rostro pálido y los ojos ardiendo: "Si cruzas esta puerta y bajas a su boda, no tendrás adónde volver. Nos estarás condenando a la separación. ¡Eres un marido traidor que prefiere a su familia antes que a la mujer que renunció a su vida por él!"

Roto y aplastado, Arián se sentó en el umbral de la casa. Su corazón se partía entre el amor por Mira y la sangre que corría por sus venas.

La guardabosques y el cedro

La guardabosques saliendo de la niebla a la luz de la luna, con una maceta y un cedro joven cuyas raíces sanas desbordan el borde
La guardabosques apareció en la noche, trayendo un cedro joven.

Aquella noche apareció junto a la casa la vieja guardabosques, la guardiana de los pájaros. Vio a Arián encorvado y a Mira temblando de ira y de miedo dentro de la casa a oscuras. La anciana sacó de su zurrón una maceta pequeña con un cedro joven y hermoso.

"Mirad este árbol —les dijo a los dos—. Es fuerte, sus ramas son anchas y es capaz de dar sombra, amparo y refugio frente a las tormentas".

Entonces la anciana se volvió hacia Mira y dijo: "Mira, le pides a Arián que sea tu escudo y solo tuyo. Pero para demostrar que te protege únicamente a ti, le exiges que corte todas sus raíces en la tierra, que seccione sus ramas familiares y que queme el bosque del que creció".

El brote de cedro tendido en el suelo, desplomado y sin vida, con las raíces cortadas esparcidas a su lado y unas tijeras a sus pies
Las raíces fueron podadas, y en unos instantes el árbol se desplomó.

La anciana tomó unas tijeras y podó, una tras otra, todas las raíces del arbolito, hasta que no quedó más que un tronco desnudo y tembloroso. Lo puso en manos de Mira. En unos instantes las ramas se vencieron, las hojas amarillearon y el árbol se desplomó sin vida.

"El amor no es un boicot, y la entrega no es la exigencia de destruir el mundo de otra persona —le susurró la anciana a Mira, mientras a la mujer se le llenaban los ojos de lágrimas de espanto—. Un hombre al que le has cortado las raíces no podrá sostenerse en una tormenta ni protegerte. Se convertirá en una sombra hueca de sí mismo. Quien exige que su pareja demuestre el amor mediante el rechazo, el odio y la ruptura con su familia no busca una alianza: busca un compañero de celda en su propia soledad".

Mira miró el tronco muerto entre sus manos y luego alzó los ojos hacia Arián. Por primera vez no vio a un "enemigo" que se rebelaba contra ella, sino a un hombre que la amaba, consumido hasta la nada bajo el peso de sus pruebas imposibles.

La moraleja

La verdadera seguridad y el verdadero amor no se construyen sobre las ruinas de otros vínculos, sino sobre la capacidad de dejar que aquel a quien amas florezca entero, con todas sus raíces y todas sus ramas.